Juan Vené y Leonte Landino, 2008: El eterno descanso anónimo de Luis Castro.

Nota editorial:

Esta es una columna de 2008 publicada en el blog El Juego Perfecto y en el diario Versión Final, reproducida a propósito de la muerte del periodista Juan Vené.

Reproduzco esta columna para recordar el trabajo de investigación que Juan y yo realizamos para SABR, con el que dejamos constancia en los registros oficiales de MLB de que el primer latino en la historia del béisbol de Grandes Ligas fue el colombiano Luis Castro. Vené y yo visitamos por primera vez su tumba en el cementerio St. Mary, en Queens, Nueva York. Posteriormente, SABR y el consulado de Colombia atendieron nuestra petición de colocar una lápida en el lugar que descubrimos.

Gracias a este trabajo en conjunto, el Capítulo de América Latina de SABR lleva el nombre de Luis Castro, el primero de América Latina.

Esta es la columna original de 2008:

El eterno descanso anónimo de Luis Castro

Leonte Landino – El Juego Perfecto

Desde que comenzó mi interés por investigar, a través de los nuevos recursos tecnológicos, la vida y el origen de Luis Castro, primer jugador latino en la historia de las Grandes Ligas, con los Philadelphia Athletics en 1902, se han logrado nuevos avances. Cada discusión, cada nuevo documento, cada nuevo pedacito de información es un paso más para descubrir el pasado.

Al hablar del legado de Castro, no debemos dejar fuera al primer jugador latinoamericano que jugó en el más alto nivel del béisbol que existía antes de la creación de la Liga Nacional: el cubano Esteban Bellán, que debutó en 1871 con el equipo de Troy en la National Association, la primera liga profesional de béisbol en la historia, fundada ese mismo año, pero que solo duró hasta 1875. La Liga Nacional comenzó su actividad en 1876 y es la primera liga reconocida oficialmente por Major League Baseball como una «Liga Mayor».

Bellán fue el primero que jugó al más alto nivel existente; sin embargo, Castro fue el primero en el sistema de Grandes Ligas que aún se mantiene vivo.

Nunca hubiésemos llegado a este punto de la reconstrucción de la vida de Castro de no ser por la chispa del decano de la investigación del béisbol en español, don Juan Vené, quien ha aportado su vasto conocimiento y su tiempo como base y fundamento de esta búsqueda.

De la misma forma, se debe dar crédito a los invalorables recursos de la Sociedad Americana para la Investigación del Béisbol (SABR).

Para abril del año pasado, algunas bases de datos oficiales cambiaron el lugar de nacimiento de Castro de Medellín —en algunas aparecía Cali— a Nueva York. Fue ahí cuando se abrió de nuevo el baúl sobre la vida de quien fuera conocido entre sus compañeros como «Jud» o «El Conde».

Y es que hasta la SABR llegó a comprar la versión de que Castro había nacido en Nueva York, basándose en los registros de la Asociación de Peloteros de las Grandes Ligas, organismo que ayudó a Castro económicamente hasta el momento de su muerte, en 1941.

De haber sido cierto esto, Castro no sería el pionero nacido en Latinoamérica. El honor sería para el cubano Chick Pedroes, que vio acción en dos juegos en 1902 con el club de Chicago de la Liga Nacional.

Con la colaboración del investigador Nick Martínez, en Las Vegas, Nevada, y tomando como base los datos de Vené y los archivos del Manhattan College, comenzó la búsqueda que arrojó, un día cualquiera, la prueba más verídica encontrada hasta hoy: el registro del barco en el que Castro llegó a los Estados Unidos en 1885 junto a su padre, Néstor, procedentes del puerto colombiano de Aspinwall, hoy en día parte del territorio panameño, que se independizó en 1903.

En el documento aparece Luis Castro como nacido en Colombia, aunque su lugar de nacimiento aún se desconoce. Sin embargo, los documentos del Manhattan College, donde estudió y jugó durante cinco años, indican que su familia estaba residenciada en Medellín, Colombia, ciudad que se supone que es su lugar natal.

Pero un nuevo punto de la investigación era descubrir su lugar de descanso. Su tumba.

Vené cuenta de manera simpática que la búsqueda del cuerpo de Castro lo llevó a recorrer ciudades de Colombia, Panamá, Venezuela, Puerto Rico y Estados Unidos.

«Llegué a pensar que la mayor posibilidad era la de Cartagena, pues hay un Luis Castro enterrado en una iglesia, pero nunca imaginé que estaría a unas simples cuadras de mi casa en Flushing», dice el periodista, que trabaja en la zona de Shea Stadium desde hace más de 25 años.

En efecto, al comparar la fecha de muerte registrada en el acta de defunción del estado de Nueva York con la que maneja la Asociación de Peloteros, se concluye que el Luis Castro que murió en Nueva York el 24 de septiembre de 1941 es el mismo que fue enterrado en el cementerio Mount St. Mary, en Flushing, dos días después.

Esta semana tuve el honor de visitar el lugar en compañía del propio Vené. Increíblemente, a cinco minutos de su casa.

Al llegar, nos atendió amablemente Yen, una mujer asiática con mucha experiencia necrológica.

«He escuchado hablar del caso y es uno de los más extraños que tenemos acá, pero no sabía que se trataba de un jugador de béisbol», dijo.

Buscando en los archivos de los años 40, Yen encontró que se conoce el lugar de entierro de Castro; sin embargo, por alguna razón, no existe una lápida ni ninguna marca que lo identifique.

El cuerpo de Luis Castro se encuentra en la división 10, fila 9, número 18. ¡Qué gracioso! Parece la ubicación de una silla en un estadio de béisbol. Sus vecinos son el señor Potash, en el número 16, y la familia Tait, de cinco miembros, en el número 20.

Castro está tan olvidado que en su lugar incluso colocaron la placa de William J. Walters, quien yace acompañado de un reconocimiento de la Legión de mujeres para la ayuda de veteranos de guerras en el exterior.

«Él está frente a esta placa, que no debería estar acá», dice uno de los trabajadores de mantenimiento del cementerio.

«Hay algunos casos acá, como este, de gente que en los años 40 no tenía suficiente dinero para cubrir los costos del funeral, pero, como la parcela ya estaba pagada, fueron enterrados», nos explicó Yen. «Sin embargo, nunca nadie canceló las anualidades para el cuidado de su lugar».

Las reglas de los cementerios de Nueva York establecen que, al transcurrir 20 años sin haber cumplido con la cuota anual de mantenimiento, como efectivamente ocurrió en su caso, el cementerio adquiere todos los derechos sobre la parcela y el cuerpo por concepto de abandono.

En el caso de quien abrió las puertas a los hispanos en las Mayores, nunca hubo ni siquiera una placa. ¡No la hay!

Los servicios fúnebres de Castro fueron realizados por el Quinn Fogarty Funeral Home, que funciona desde 1896 y se mantiene en actividad. El estado de Nueva York le asignó el número 19278 al difunto en su acta de defunción.

«Es triste. Al final del camino, todos terminamos siendo un número», dice Yen de manera curiosa. También en el béisbol todos son un número.

Según el acta, Castro regresó a Nueva York en los años 20, tras dos décadas en el béisbol profesional como jugador y mánager con varios equipos de las Ligas Menores.

En los años 30 colocó en el censo, como ocupación, «jugador de béisbol». Su certificado de defunción indica que murió trabajando como bartender, tras residir en Nueva York durante sus últimos 18 años junto a su esposa, Margaret.

La versión de que era venezolano quedó descartada con sus registros del Manhattan College y del barco. Existe la posibilidad de que haya sido pariente del general Cipriano Castro, presidente venezolano a principios de siglo; pero no se puede confiar mucho en la propia palabra de Luis.

Periódicos de la época en Atlanta, Los Ángeles, Portland y Philadelphia nos ayudan a reconstruir su personalidad. Las fuentes indican que Castro decía entre sus compañeros que él era sobrino del mandatario venezolano. En otras oportunidades se lo mencionó como primo e incluso como hijo, lo que le resta credibilidad. Él mismo se hacía llamar «El Presidente de Venezuela». De ahí el sobrenombre de «Conde», pues muchos creían que era un suramericano de importancia política o de una familia importante.

Además, por su celebrada personalidad extrovertida, los cronistas lo calificaban constantemente como el «payaso» del equipo. El 25 de agosto de 1907, el Atlanta Journal-Constitution publicó: «Es el comediante de la liga. Son famosas las miles de historias que cuenta sobre sus escapes; muchas de estas parecen ser verdad y, de no serlo, al menos son divertidas».

La duda sobre su posible ascendencia venezolana queda pendiente de la reconstrucción completa del árbol genealógico del general Castro, tachirense de nacimiento. Se sabe que tenía familia en Colombia y que, de hecho, vivió y estudió en ese país durante su juventud. No se conoce aún un nexo entre Cipriano y Néstor, padre de Luis.

Yo creo que el paso de Luis por el béisbol no pasó inadvertido, como muchos opinan. No fue un hecho insignificante para la época. Al contrario, Castro entendió perfectamente su condición de hispano, al igual que quienes lo rodeaban, y trató, a su manera, de mostrar las habilidades que lo llevaron a jugar con el gran equipo de Philadelphia, campeón de la Liga Americana en 1902 de la mano de Connie Mack.

Por el solo hecho de que su piel no era oscura, aunque tampoco era clara, no hubo mayor problema en su entrada al sistema organizado. Sin embargo, sus llaves de acceso al béisbol de los blancos fueron su dominio perfecto del inglés, su paso exitoso por el Manhattan College, su actuación destacada con el equipo e incluso su «cuento» de provenir de una importante familia, todo lo cual demostraba su desenvolvimiento natural en la cultura americana.

A pesar de su aceptación, muchos fueron los comentarios escritos sobre Castro y su hispanidad. En ellos se destacaban su humor y su presencia, y se empleaban calificativos como «Torero Mexicano» o expresiones como «tiene la rapidez de aquellos con sangre hispana». Generalmente eran comentarios en buen tono, pero siempre destacaban su condición racial, única en todos los terrenos donde jugó.

El rompecabezas de la vida de Luis Castro aún continúa, aunque con un panorama mucho más claro. Hoy la meta es colocar una placa en el lugar donde descansa para señalar su tumba, celebrar su vida y honrar su legado deportivo, social y cultural. El pasado mes de noviembre, su nombre ingresó en el Salón de la Fama del Manhattan College.

Sin la fanfarria de Jackie Robinson ni la trascendencia de Roberto Clemente, Luis Castro fue el primero que logró traspasar las barreras culturales y raciales en las Grandes Ligas.

Él supo que fue el primero. Su astucia le hizo entender su puesto en la historia. Estoy seguro de eso.

Nueva York. Primavera de 2008.