Ganar más debería valer más: la postemporada que MLB necesita cambiar

Voces del Diamante

El cuadro de octubre vuelve a exponer una contradicción: ganar una división puede valer más que ganar partidos. El resembrado es el primer paso hacia una postemporada que premie mejor el rendimiento.

El problema de la postemporada de Grandes Ligas comienza antes del primer lanzamiento. Comienza cuando el lugar donde compites pesa más que lo que hiciste durante seis meses.

Cleveland terminó con 85 victorias y avanzó directamente a la Serie Divisional. Los Yankees ganaron 93 y tendrán que sobrevivir al Wild Card. Houston llegó a octubre con marca de 81-81. Arizona, con 86-76, quedó fuera. Son resultados del sistema, no accidentes del calendario.

Las reglas estaban claras para todos. Pero conocer una regla no la convierte en una buena regla.

MLB necesita cambiar su modelo porque el mérito de la temporada regular no se traduce de manera consistente en los premios de octubre. A veces importa el récord. Otras veces importa más la división. Y después, cuando sobreviven los primeros equipos, un cuadro inflexible impide corregir las distorsiones.

Estos son los récords de los clasificados, ordenados por su siembra actual:

SiembraLiga AmericanaRécordLiga NacionalRécord
1Rays98-64Brewers103-59
2Guardians85-77Dodgers100-62
3Astros81-81Braves94-68
4Yankees93-68Padres91-71
5Red Sox87-75Cubs89-73
6White Sox84-78Phillies88-74

La diferencia entre ambas ligas es visible. Pero no necesitamos declarar que estamos ante la peor disparidad de la historia para cuestionarla. Ese superlativo exigiría comparar temporadas completas, resultados interligas y otras medidas de calidad competitiva. Lo demostrable aquí es más concreto: los umbrales de entrada y las recompensas son desiguales.

También conviene distinguir conceptos. El desequilibrio económico entre organizaciones, la fuerza relativa de las ligas y la justicia del formato no son lo mismo. Un resembrado no arreglará las diferencias de inversión ni convertirá a todos los clubes en contendientes. Sí puede evitar que la estructura agrave las desigualdades deportivas.

El caso más revelador está en la Americana. Sus tres mejores récords pertenecen a Tampa Bay, Nueva York y Boston. Los tres están en el mismo lado del cuadro. Por construcción, solamente uno puede llegar a la Serie de Campeonato. Del otro lado, Cleveland espera al ganador de Houston y los White Sox.

El formato mantiene los cruces fijos: 1 contra ganador de 4/5; 2 contra ganador de 3/6.

Eso significa que dos de los tres mejores equipos de la liga por porcentaje de victorias quedarán eliminados antes de disputar una serie al mejor de siete. No es una predicción: es una consecuencia inevitable del bracket.

Tampa Bay sí recibe beneficios por terminar primero: evita el Wild Card y tiene ventaja de localía dentro de su liga. Negarlo debilitaría la crítica. Lo que no recibe es un mecanismo que le asigne al rival superviviente de menor clasificación.

La explicación de MLB es preservar el cuadro y evitar que el primero enfrente a otro campeón divisional en esa ronda.

Pero resembrar según las posiciones originales tampoco obligaría al primero a enfrentar al tercero. Si gana el tercero, también habrá avanzado el cuarto o el quinto. Si gana el sexto, el primero podría enfrentarlo. La protección del líder y el resembrado son compatibles.

Hay, además, una diferencia decisiva entre resembrar por el número original y reordenar por récord. La primera opción conserva el privilegio divisional. La segunda revisa el mérito deportivo. Mi propuesta es avanzar hacia la segunda.

Las probabilidades ayudan a entender qué está en juego. El 28 de septiembre, la proyección ZiPS de FanGraphs, daba a los Yankees 52,6 % de posibilidades de ganar su serie y a Boston 47,4 %. Trasladadas al cuadro vigente, esas cifras producen los siguientes escenarios:

Rival de Tampa Bay en la Serie DivisionalProbabilidad bajo el cuadro actual
Yankees52,6 %
Red Sox47,4 %
White Sox0 %
Astros0 %

Si los White Sox eliminan a Houston, enfrentarán a Cleveland. Con un resembrado que respete las posiciones originales, les tocaría Tampa Bay: el primer sembrado contra el sexto. El formato actual impide ese cruce, aunque Chicago sea el equipo de menor clasificación que siga en competencia.

¿Ese cambio aumentaría las posibilidades de los Rays de ganar el campeonato? No podemos asegurarlo ni ponerle un porcentaje sin analizar los posibles enfrentamientos. Pero el principio es claro: terminar primero debería darte el derecho de enfrentar al equipo de menor clasificación que sobreviva.

Eso tampoco garantiza un rival fácil. Un equipo con menos victorias puede llegar a octubre con sus mejores lanzadores descansados y sus bateadores encendidos. Otro con mejor récord puede estar golpeado por lesiones.

Premiar la temporada regular no significa decidir quién ganará: significa reconocer lo que cada equipo consiguió durante seis meses.

La contradicción se vuelve todavía más profunda en la postemporada al mirar más allá de las líneas de cada liga

MLB lleva años reduciendo esa separación en el calendario. Desde 2023, todos los equipos enfrentan a los otros 29. Para 2025-2026, la distribución contempla 52 encuentros divisionales, 62 contra los demás equipos de la misma liga y 48 interligas. Casi tres de cada diez partidos cruzan una frontera que octubre vuelve a tratar como infranqueable.

Las rivalidades siguen vivas. Yankees-Mets y White Sox-Cubs demuestran que la identidad de una ciudad puede cruzar las ligas. Dodgers-Padres, que pertenecen a la misma división, muestran el peso de la cercanía geográfica y de la competencia reciente. Son rivalidades distintas, pero ninguna necesita que un peor récord reciba una recompensa superior.

Eso tampoco hace que el calendario sea perfectamente equivalente: todavía enfrentamos a algunos rivales mucho más que a otros. Por eso, una clasificación unificada requeriría revisar la distribución de los juegos. La reforma debe ser seria, no solamente atractiva en un gráfico.

Hay ejemplos que merecen atención sin exageraciones. Houston terminó con diferencial de menos 32 carreras, el único negativo entre los clasificados. Ganar el Oeste no borra esa fragilidad. Un título divisional puede celebrarse sin confundirlo con una temporada dominante.

En Philadelphia, la clasificación llegó después de una semana angustiosa: el equipo perdió cuatro partidos consecutivos y anotó apenas tres carreras en ese tramo antes de asegurar su lugar el domingo. Entrar a octubre no elimina las preguntas sobre el funcionamiento del club.

Boston obliga a un matiz. Los Red Sox estaban 35-46 a mitad del calendario y terminaron 87-75. Eso supone una segunda mitad de 52-29. Su afición tiene razones para celebrar la recuperación, además de exigir más. Sin encuestas, no podemos presentar el estado de ánimo de toda una ciudad como un dato.

El argumento, por tanto, no debe ser que los aficionados de esos equipos no tienen derecho a sentirse felices. Debe ser que la satisfacción de clasificar no sustituye una evaluación exigente de la temporada.

Tampoco hay que atribuirle a MLB una intención que no hemos documentado. El sistema asegura representación divisional y reparte oportunidades entre regiones. Que eso tenga atractivo comercial es comprensible. Que deba imponerse al rendimiento es discutible.

Mi propuesta tiene tres niveles.

Primero, ordenar a los clasificados de cada liga por su récord. Los dos mejores pasarían directamente a la Serie Divisional, sin importar si ganaron su división o entraron como comodines.

Segundo, reorganizar los cruces después del Wild Card: el mejor récord contra el peor y los otros dos entre sí. Pero cambiar solamente los cruces no resolvería todo: los Yankees ya habrían tenido que jugar una ronda que Cleveland evitó con menos victorias.

Tercero, evaluar una clasificación que reúna a todos los equipos de MLB, revisando también el calendario y los viajes para que sea justa. Si todos se enfrentan durante la temporada, ¿por qué no dar los cupos a quienes logren los mejores resultados, sin importar a qué liga pertenecen?

Hay una precisión reveladora: mantener plazas automáticas para todos los campeones divisionales, aun con comodines unificados, no excluiría a Houston. Para seleccionar estrictamente a los mejores por récord habría que revisar también esa garantía. No basta con cambiar el nombre de los cupos.

Cualquier reforma tendría que aprobarse antes de una temporada, con reglas claras para todos. Nadie propone cambiar las condiciones cuando ya conocemos a los beneficiados y perjudicados de 2026. Lo que esta temporada ofrece es evidencia para corregir las siguientes.

Una reforma aún más agresiva será la de reformular cómo se obtienen los cupos hacia la Serie Mundial, pero eso vendrá después de la expansión venidera y la eliminación de las estructuras obsoletas de la Liga Americana y la Liga Nacional.

El béisbol no debe garantizar que siempre gane el favorito. Su incertidumbre es parte de su grandeza, pero sí debe esforzarse para que ganar más produzca una recompensa coherente.

Octubre tiene que decidir al campeón en el terreno. El formato debería llegar a esa cita habiendo respetado mejor lo que ocurrió de marzo a septiembre.

Si MLB insiste en que cada juego cuenta, ha llegado la hora de hacer que todas esas victorias valgan más.

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