Faltan 20 minutos para las seis de la mañana. Yilber Díaz se mira en el espejo luego de cepillarse los dientes y ve a un tipo extraño. Hasta hace poco, ese tipo estaba en Venezuela, en un estadio, lanzando pelotas de béisbol, corriendo de raya a raya, bromeando con sus amigos, soñando con ser grandeliga, soñando siquiera con firmar al profesional. Pero no, es invierno afuera, prepara su abrigo para salir a cualquier calle de Lima y vender por dos soles vasitos de fresas con crema.
“Cada vaso eran aproximadamente 50 centavos de dólar”, dice Díaz, ahora sentado en el camerino del Chase Field, hogar de los Arizona Diamondbacks.
Yolymar y Luis se encuentran en la pequeña sala de su vivienda, una casita humilde en Guatire, estado Miranda, Venezuela. Se prestan para esta entrevista. Al lado del banco de madera y sobre el tapete de la cocina, hay un montón de fotos de Yilber con su equipo de niño, Leones del Barrio. Los padres del nuevo grandeliga venezolano no ocultan su emoción, primero incluso por atenderme como periodista. “Disculpe, no estamos acostumbrados a esto”, dice su madre. El señor Luis, de hecho, tiembla. Yolymar, por su parte, trata de mantener la calma. Es la primera entrevista que otorgan luego de la historia surrealista -por decirlo de alguna manera- de su hijo.
“Yo estoy en shock, de verdad no sé si es verdad lo que está pasando”, dice el señor Díaz, un veterano jugador de sóftbol de la zona.
El lanzador derecho siempre llamaba tarde para informar a su familia sobre su trabajo en ligas menores. Cada vez que era ascendido, Díaz se comunicaba pasada la noche. Pero un día fue distinto; llamó temprano y su mamá cayó de rodillas. “Llegó la noticia que estábamos esperando”, su padre lloró y atendió a su hijo, quien le decía que había subido a las mayores.
Yilber Díaz se convirtió en el venezolano 482 que juega en las Grandes Ligas cuando el 8 de julio subió a la lomita del Chase Field donde Arizona enfrentaba a Atlanta. “Ese día llamé temprano a mis padres y les dije que por favor colocaran el juego en el televisor más grande que hubiese por ahí”. El señor Díaz hizo caso y poco a poco la gente del sector El Quemaito de Guatire empezó a acercarse a la casa del pelotero. En plena calle, sus vecinos y conocidos se acercaron para ligar cada uno de sus 83 pitcheos de esa noche, en un juego que se fue sin decisión.
Pero antes de coronar este éxito, la vida llevó a Yilber a su propio inframundo.
Esa subida a la lomita era la consagración de una lucha que libró Yilber por Ecuador y Perú, países donde decidió marcharse luego de que se esfumaran sus sueños de ser pelotero profesional producto de un accidente mientras jugaba baloncesto. “Yo le dije que se quedara tranquilo, que no saliera”, pero su muchacho se fue a la cancha y, al caerse, se fracturó el brazo izquierdo. De inmediato comenzaría un período de incertidumbre en la familia. “Yilber estaba muy mal, un par de organizaciones se acercaron anteriormente y manifestaron interés por él, pero cuando sucedió aquello, dijimos adiós béisbol”. Al cumplir los 18 años, se marcha a Ecuador. “Yo veía los capítulos de xenofobia contra los venezolanos, le dije que no se fuera, que aquí algo hacíamos, que no se marchara, pero él estaba convencido de que tenía que hacerlo”.
Luego de pasar por Ecuador, se va a Perú donde le roban el celular. Resignado, regresó a casa esa noche sin poder comunicarse con su familia. Díaz, ya sin pensar en béisbol, golpeado por la vida, se acuesta en su rudimentario colchón inflable, recuerda el deporte que ama, por retazos recuerda el niño que era, que sacaba bate, que lloraba cuando no veía a su mamá, se ve las manos, la derecha, sobre todo, hasta que se pone de medio lado y cierra los ojos para tratar de dormir mientras piensa qué hacer para poder comer y pagar un techo.
Se levanta de nuevo en la mañana, se ve en el espejo, recuerda cuando intentó vender bebidas energéticas, piensa qué viene ahora, no hay desayuno, quizá un poco de café y, luego de cerrar la llave del lavamanos, se va a la calle, no tiene rumbo fijo, ve el horizonte y al mismo tiempo no ve nada. Es la desesperanza que nubla todo, las ganas de llorar, de anhelar el abrazo de su madre y el calor de Guatire, no el invierno de Lima.
Se acerca a un semáforo, decide limpiar vidrios, algo debe ganar y tener para la cena. Yilber aún no lo sabe, pero justo en ese momento, en esa intersección, está a punto de comenzar su camino al mejor béisbol del mundo. “Ahí se encontró un ángel, el señor Jhonnatan Carrillo”. Carrillo vendía dulces en esa esquina. Al ver el biotipo de Yilber, algo pasó por su cabeza.
- ¿Chamo, tú juegas béisbol de casualidad?
- Oye, prefiero no hablar de eso, de verdad estoy un poco decepcionado y solo quiero trabajar, necesito comer.
Carrillo no insistió en las preguntas, lo dejó tranquilo, mientras veía el tamaño de sus manos. Unos días más tarde le ofreció trabajar el físico. Yilber lo miró y aceptó, de inmediato llamó a su mamá para contarle. “Le dije que no lo hiciera porque tenía temor de todo”, expresa Yolimar, mientras sostiene una foto de Yilber. “Mamá, ¿qué más puedo perder?”, le respondió su hijo.
No tenía guante, y pudo conseguir un guantín de primera base. Entrenaba en la playa, toda esta rutina de seis hasta las siete de la mañana, luego agarraba sus fresas con crema y se iba a vender a la calle.
Conforme mejoraba Díaz, Carrillo llamó a su contacto en Puerto La Cruz para decirle que tenía a un muchacho. Como pudieron, grabaron unos videos para enviarlos como muestra de que Yilber lucía bien. “La academia lo llamó y como pudo reunió el dinero para venirse en bus a Venezuela”, agrega su madre.
Son las seis de la mañana. Yilber se cepilla los dientes, se ve en el espejo, ve a un tipo distinto, sonríe más a menudo, se prepara para desayunar e irse a su trabajo. Ya no vende fresas con crema, ni limpia vidrios en Lima, ahora se prepara para lanzarle a cualquier equipo de la mejor liga de béisbol del mundo.
